Por Sebastián Artola (*)
Mientras hacía cola para pagar unos
impuestos, un señor cercano a los sesenta años empezó a insultar contra el país,
la inseguridad y los “negros”. “Hay que matarlos a todos” arengaba, todo culpa
de la “yegua que nos gobierna”, “esto en otros países no pasa” repetía,
proponiendo “no pagar los impuestos”. En la fila no éramos más de seis o siete.
Como vio que hablaba sin mucho eco sobre el resto, le pregunta al más cercano buscando
complicidad, “¿Y vos qué opinas?”. Y éste le responde: “Y porqué no se va del
país”. Medio descolocado por la respuesta, de alguien que tendría algunos años
menos que él, me mira y me pregunta a mí: “¿Y vos, qué opinas?”. Y le digo: “Yo
a mi país lo quiero”. Enfurecido, me dice: “A vos porque nunca te robaron, no
te pasó nada”. Sólo alcancé a decirle que sí me habían robado, pero no por eso
tenía que compartir las cosas que decía y que por ahí no pasaba la solución… después
fue imposible agregar algo más.
Todos alguna vez (o más de una) hemos
estado en una situación parecida. La pregunta que uno se hace es siempre la
misma: ¿Qué explica la ira, el odio, el prejuicio, la violencia verbal (a un
paso de la física) y la intolerancia que anida en algunos sectores de nuestra
sociedad?
Lo primero que hay que dejar bien en claro
es que no todos piensan de esta manera, pese a que algunos así lo quieran
presentar. De ser así, estaríamos al borde de la desintegración social. Los más
de treinta años desde la recuperación democrática y la mayoritaria concurrencia
a la hora de votar lo demuestran. Los fallidos intentos de desestabilización en
estos últimos diez también. La gran mayoría ha dejado claro querer vivir y
convivir bajo el marco común que habilita la democracia y el respeto al estado
de derecho.
Pero tanto es el estímulo y la
amplificación interesada que se les da desde los medios hegemónicos de
comunicación que, por momentos, parecen muchos, logrando efectos de repetición
y consecuencias concretas en la vida cotidiana.
Los linchamientos protagonizados por
grupos de personas en estos días son un doloroso ejemplo de esto. Las 24 horas
de machaque comunicacional, sensacionalista y frívolo, sobre cada hecho de
inseguridad, construyen una cultura del miedo y la permanente desconfianza
hacia el otro, donde la única salida posible parece ser el ejercicio de la
violencia personal o social.
A quienes lo estimulan, medios
concentrados pero también políticos que actúan como voceros de los mismos, poco
les interesa la solución al problema real de la inseguridad. Por el contrario, con
el culto al odio no hacen más que profundizar los marcos que explican las
tramas profundas sobre las que se despliegan los delitos y su violencia.
Promueven la idea de indefensión y de una
sociedad librada a su suerte, mientras demonizan cada avance del Estado,
añorando los tiempos donde el mismo se arrodillaba ante los negociados privados
y el poder económico.
Hablan de “inseguridad” como tema
excluyente, pero se oponen a un Estado que busca ampliar
derechos, rechazando la democratización del Poder Judicial, la reforma del
Código Penal, la necesaria transformación de las policías provinciales y las
políticas públicas que crean trabajo, fortalecen el mercado interno e incluyen
a los sectores más humildes, achicando las desigualdades de nuestra
sociedad.
Lo dijimos y volvemos a repetir, más y
mejor Estado es el camino. Y agregamos: una comunidad que se construya sobre el
amor y no el odio es su posibilidad.
(*) Licenciado en Ciencia Política. Docente de la UNR.
Miembro del Foro Rosario para Todos.