"Inseguridades". Rosario/12. 15-01-12.

Por Sebastián Artola
Movimiento Martín Fierro.
El asesinato de los tres jóvenes militantes de Barrio Moreno pone, una vez más, sobre la mesa la desprotección que sufren cotidianamente quienes habitan en los barrios más humildes de la ciudad de Rosario.
Como ya es una costumbre, el relato policial, de las autoridades políticas municipales y provinciales, y los medios de comunicación hegemónicos, quisieron patear la pelota para otro lado presentando estos crímenes bajo la expresión “ajuste de cuentas”. La estigmatización es conocida: los jóvenes de los barrios más pobres son todos “chorros”,“drogadictos” y “se matan entre ellos”.
Pero la secuencia trágica de pibes de los barrios populares de Rosario que pierden sus vidas, encuentra sus razones en la trama que eslabona “pasadores” - complicidad y connivencia policial y judicial – ausencia de políticas públicas que promuevan la integración comunitaria y la inclusión social.
De ahí que sea necesario dejar de pensar la llamada “inseguridad” como un problema entre individuos, grupos o sectores sociales, para abordarla como una realidad colectiva, que hace al conjunto de una comunidad y que la padecen más quienes habitan barrios que cierto sentido común señala como los “focos del delito”.
La ausencia de derechos básicos, la falta de infraestructura urbana y de servicios públicos indispensables, son las inseguridades que cotidianamente sufren los jóvenes, viviendo en situaciones límites a causa de las desprotecciones territoriales que produce la ausencia del Estado, dando forma a una ciudad desigual y fragmentada en el plano social, espacial, económico y cultural.
La decisión política de avanzar hacia un modelo de seguridad democrática que reponga al Estado como responsable de garantizar el derecho a la seguridad, debería empezar por redefinir a las propias fuerzas policiales desde una ética pública, fundada en los derechos humanos y el compromiso con la comunidad.
De la mano de políticas públicas que promuevan la inclusión laboral, la permanencia en el sistema educativo, la capacitación, la recreación y la producción cultural, habilitando a todo joven a ser sujeto pleno de derecho y protagonista de la construcción de una ciudad para todos.

Rosario, enero de 2012. 

Fiesta Popular en la asunción de Cristina. 10/12.




“Profundizar el cambio social”, Tiempo Argentino, 03/12/11.

Por Sebastián Artola.


Un elemento decisivo para pensar la nueva etapa política abierta a partir del triunfo electoral del pasado 23 de octubre es la configuración de una nueva mayoría social de respaldo al gobierno y, en particular, al liderazgo de Cristina Fernández que, sin dejar de ser heterogénea, se caracteriza por una conciencia política sustantiva respecto de las conquistas alcanzadas en todos estos años.
Esta recomposición de la base social, tras la importante pérdida de consenso en el ciclo que va desde la derrota por la puja en torno a la Resolución 125 a los resultados electorales de 2009, no hubiese sido posible sin la conclusión que el propio Néstor Kirchner sacara de aquellos días: “Nos faltó profundizar el modelo.”
Estatización de las AFJP, Ley de Medios, Asignación Universal por Hijo y Ley de Matrimonio Igualitario fueron medidas en este sentido, que a su vez se tomaron en función del aprendizaje realizado respecto de la necesidad de acompañar la política de redoblar la apuesta con la construcción de adhesiones sociales mayoritarias y niveles significativos de organización popular en apoyo a las iniciativas de gobierno.
Del mismo modo, dan cuenta de una comprensión más precisa respecto de los términos que marcan la puja política contemporánea, atravesada por una fuerte disputa por el sentido de las palabras, los símbolos, los discursos y el relato; y, en consecuencia, la idea de que la distribución más justa de la riqueza va de la mano de la redistribución de la palabra, la democratización de las voces y la emergencia de un relato alternativo al hegemónico.
Por eso, es difícil pensar la renovada adhesión al gobierno sin la puesta en cuestión al dominio del discurso mediático. De ahí que la reelección de Cristina haya expresado, por sobre todas las cosas, el triunfo de la política frente a las corporaciones, algo inédito desde la recuperación de la democracia.
Ahora bien, los próximos cuatro años de gobierno constituyen, tal vez, los más importantes para el proyecto nacional. La conquista de la justicia social, la posibilidad de trabajo digno para todos y el objetivo de ningún compatriota bajo la línea de pobreza, deben ser las aspiraciones que atraviesen la idea de profundizar el modelo, que debemos situar como profundización del cambio social.
Para lo cual es necesario avanzar en un modelo de desarrollo nacional e integral que continúe sustituyendo importaciones, agregue valor a la producción primaria en origen, redefina el sistema financiero, industrialice al país de manera federal, y reponga soberanía pública sobre los recursos naturales y energéticos, equilibrando la función social con la protección del medio ambiente.
Este desafío hace imprescindible más organización popular y la emergencia de una clase política consustanciada con las mayorías sociales. Debemos traducir la adhesión mayoritaria al gobierno en construcción política; proyectando la articulación entre las demandas sociales y el Estado; promoviendo la iniciativa y la toma de la palabra desde abajo; para constituir a los sectores populares en el sujeto protagónico del proyecto nacional.

“Recuerdos del 27”, Rosario/12, 27-10-11.

Por Sebastián Artola.


Perplejos frente al televisor, casi en silencio, de canal en canal. "¿Y ahora a quién votamos?", fue lo primero que dijo el mayor de mis dos hijos, por entonces de siete años. Le conté la noticia, se fue en silencio, volvió y me hizo la pregunta. Tenemos dos. Pasan tanto tiempo en reuniones y actividades como en la escuela y con amigos.
Los mensajes de textos de los cumpas que estaban censando, preguntando, queriendo dudar, no creer. Las primeras palabras que pude escribir recién cerca del mediodía: "Se fue quien devolvió al pueblo y a la militancia la esperanza de que otra Argentina es posible. Que el dolor nos empuje para seguir más juntos que nunca por este camino. De nosotros depende. Tomemos de su mano la bandera y empuñémosla bien alta. Hagamos carne en cada uno de nosotros el proyecto nacional. Llenemos la calle para darle a Cristina todas nuestras fuerzas. Para decirle que estamos. Que somos más que nunca. Y que seguimos junto a ella hasta el final en la construcción de una patria para todos".
Había que salir a la calle. A las 20 al Monumento a la Bandera , donde sino. La impaciencia, la sangre alborotada y el cosquilleo en el estómago. Llamé a unos cumpas:

-Hagamos una pintada.

-¿Cuándo?

-Ahora, ya.

Las paredes siempre fueron la voz del pueblo, esta vez no podía ser la excepción. Calles desoladas. Con ferrite negro en un paredón, a la tarde no tan tarde, pintamos: "Fuerza Cristina. Néstor vive en cada uno de nosotros". Desahogo. Un auto que frena, nos sacan fotos, estaban de paseo por la ciudad.
De ahí a la sede de la departamental. Conocidos y no tanto. Voces bajas. Miradas perdidas. Empezamos a caminar hacia el Monumento. Por Pellegrini. A paso lento, dubitativo. En 1º de Mayo nos esperaba otro grupo que concentraba en la esquina. Abrazo fundido. Ocupamos la calle. Armamos la columna. Empezamos a marchar. Banderas, bombo y redoblante. Los primeros cantos, el ánimo que se aviva y el rostro que se distiende. Voces intensas y desgarradas. El declive de la calle y la ansiedad que aceleraban el ritmo. Arribamos al Monumento al canto de "¡Yo soy argentino, soy soldado del pingüino!". Aplauso cerrado de todos los ahí concentrados. Compañeros de ayer y de hoy. Muchos que hace tiempo no veía. Emoción. Lágrimas.
Llegamos a Buenos Aires la madrugada del viernes, serían las tres y media. Hacemos cola. Adelante nuestro, pibes cantando el himno. Entramos a la Casa Rosada , mi primera vez. Bandera y carteles en mano. El guardia que intenta evitar que pasemos con las cosas pero no. En el silencio de la noche estalla nuestra voz: "Compañero Néstor Kirchner, presente, compañero Néstor Kirchner, presente, ahora y siempre, ahora y siempre". Salimos con un aplauso eterno y los ojos desbordados de lágrimas. Damos vueltas por la Plaza de Mayo aguantando que amanezca y de a poco vuelve a llenarse de gente. Mejor dicho, de pueblo. De pueblo y de jóvenes, muchos jóvenes. Grupos cantando por acá y por allá. Y nosotros ahí, por supuesto. Graffitis, carteles, leyendas, frases: "Que la pena se transforme en militancia", "Mi único héroe en este lío", "Néstor con Perón, el pueblo con Cristina". Del silencio a la palabra. De la muerte a la vida. Buenos Aires tomada, otra vez en octubre.
El cielo solloza. Como con Perón, como con Evita. Una y otra vez entramos en filas cada vez más numerosas. Una despedida que no quería ser. La última con Cristina. Las paredes de la Rosada vibraban con nuestro salto y nuestra voz retumbaba en cada rincón. "¡Néstor no se murió, Néstor no se murió, Néstor vive en el pueblo la puta madre que lo parió!", "¡Néstor, Néstor, Néstor corazón, vos sos nuestra bandera para la liberación!". Entramos a los tropezones al Salón de los Patriotas Latinoamericanos. Estaba ahí. Ella. El encuentro. La emoción desatada, el cruce infinito de miradas en un instante, puño en el pecho y dedos en V hacia nosotros.
Viernes a la tarde. Llego a Rosario y a casa. Me encuentro con mi compañera que viene de uno de los barrios donde milita. Me cuenta de la tristeza en cada rostro, en cada casa y las ganas de hablar de los vecinos. Mientras pateaba el barrio se le acerca Margarita y le dice que se sentía en deuda con Néstor, que quiere comprometerse, hacer algo por todo lo que él había hecho por ella. Meses después inauguramos ahí la segunda Casa Compañera de Rosario, al costadito nomás del arroyo Ludueña. La primera lo mismo, la abrimos en lo Cacho y Chichita. Los conocimos en el acto que hicimos por el día de la militancia. Cacho ya no está, se nos fue el 26 de julio, mismo día que Evita. Marino mercante y gremialista. Pateó el tablero con Menem y volvió a creer con Néstor, como tantos otros miles.
Mi hijo, el mayor de nuevo, que también vuelve del barrio, me lleva a su pieza y me muestra un dibujo que había hecho y pegado en la pared sobre su cama. Tiene una frase en letras bien grandes que dice: "Néstor vive en el cuerpo de cada peronista". Lo miro a los ojos, lo abrazo y sonrío...


"Kirchnerismo, juventud y política", Página/12, 17-10-11.

Por Sebastián Artola.


Desde la llegada al gobierno, el 25 de mayo de 2003, hasta el presente, el kirchnerismo atravesó tres momentos. Una primera etapa marcada por el liderazgo de Néstor Kirchner, y la tarea casi en soledad de reconstruir una autoridad pública y relegitimar una representación política tras la debacle de 2001, caracterizada por una adhesión social mayoritaria y multicolor, unida por el interés compartido en lograr estabilidad institucional y superar la crisis económica. Un segundo momento que se inicia con la puja redistributiva frente a las patronales agrarias, cuyo saldo será lo que algunos denominaron como “minoría intensa”, una base de apoyo activa, militante, ideológica, con creciente presencia juvenil, pero reducida con relación al conjunto social, que va a quedar más que claro en las elecciones de 2009. Y una tercera etapa que se abre con el impulso a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, pasando por el impacto de la Asignación Universal por Hijo; la recuperación económica después del sacudón internacional, sobre la base de políticas de promoción del empleo y el poder adquisitivo; las torpezas de la oposición política; la aprobación del matrimonio igualitario; los festejos del Bicentenario; y, por supuesto, la multitudinaria despedida a Néstor Kirchner, protagonizada por los cuerpos y las voces del pueblo, con sus trabajadores, amas de casa, profesionales, productores y, principalmente, jóvenes que lo reconocieron como el “único héroe en este lío”, que darán forma a una nueva mayoría social de respaldo al gobierno.
Esta renovada adhesión, en cuyo fondo late el quiebre de la hegemonía del discurso mediático dominante, sin dejar de ser heterogénea, pero con una conciencia política sustantiva sobre las conquistas alcanzadas en estos años, pasará a articularse en torno de la “defensa del modelo”, del “Nunca menos” y de la expectativa variada pero común respecto de que éste es el rumbo que más cerca puede estar de dar respuesta a las necesidades aún pendientes y a las llamadas “demandas de segunda generación”, lo que se expresó con contundencia en los resultados de las primarias.
Ahora bien, el emparejamiento de la batalla cultural y la fractura del discurso hegemónico como relato único lejos están de significar una hegemonía cultural del kirchnerismo (como escribió Beatriz Sarlo), o que las corporaciones mediáticas no sigan teniendo un papel activo en la puja política y en la modelación de una parte no menor del sentido común social. De ahí los renovados desafíos para el próximo período de gobierno. Lo dijo Cristina en marzo pasado: “Profundizar la organización popular” e “institucionalizar el frente nacional, popular y democrático”. Traducir la adhesión mayoritaria al Gobierno en fuerza y construcción política constituye una tarea prioritaria, que interpela a las organizaciones en el desafío de habilitar a que los sectores populares se constituyan no sólo en destinatarios de las políticas pública sino, y centralmente, en sujeto activo y protagónico del proyecto nacional.
Más que nunca la organización popular debe proyectar la articulación entre las demandas sociales y el Estado, promoviendo la necesaria iniciativa desde abajo, la traducción de las necesidades en propuestas políticas que permitan conquistar nuevos derechos y el anclaje del Estado en el seno de la comunidad a través de garantizar el arribo de las políticas públicas a los sectores más necesitados. Institucionalizar supondría estructurar el arco de apoyos sociales, políticos y culturales bajo la forma de un frente político y social que vaya más allá de la competencia electoral. Por un lado, a través de crear un lugar permanente de elaboración de políticas públicas, formación y preparación para el ejercicio de gobierno. Por el otro, construyendo un espacio que defina conceptualmente el proyecto nacional, otorgue unidad a las ideas y realice la síntesis del paradigma nacional y popular. Ambos planos hacen a los elementos de continuidad y superación de la etapa de cambios en curso: fuerza política propia y conciencia popular de transformación.
Por último, la clara decisión de Cristina de renovar la dirigencia política y hacer realidad el “puente entre las viejas y nuevas generaciones” plantea a las militancias juveniles un desafío con pocos precedentes en nuestra historia política. Para que esta posibilidad abierta signifique un salto cualitativo del proyecto nacional, en términos de recrear una representación política más consustanciada con el pueblo, debería fundarse sobre las militancias con sus prácticas diarias enraizadas en la vida popular, la realidad social y la experiencia tallada por la contienda política de estos años. Lo cual desafía a los colectivos juveniles a poner en debate cierta “lógica de gestión” que hace a los claroscuros de la construcción política, entendiendo por la misma la práctica circunscripta a la mera administración de las cosas, acrítica, despolitizada y, en consecuencia, inhibida del potencial transformador que tiene todo lugar institucional en el marco de un proyecto político popular; sin por ello dejar de entenderla como parte de las tensiones y contradicciones de todo proceso popular real.
Ahora bien, si la renovación de la representación nacional y popular debe realizarse sobre las prácticas militantes para desplegar toda su potencialidad de cambio, éstas a su vez tienen el desafío de reelaborar una nueva idea de militante que no niegue la gestión sino que la incorpore, imprimiéndole politicidad, dimensión colectiva, inscripción social y una ética pública de la transformación. Una noción de compromiso militante integral que conjugue dualidades muchas veces planteadas en términos dicotómicos: gestión-transformación; crítica-convicción; pasión–responsabilidad. En fin, el dilema weberiano de la política entre “ética de la responsabilidad” y “éticas de la convicción”, como opuestos y complementarios. Néstor Kirchner fue eso, presidente y militante. O mejor dicho, militante y presidente. Su ideario ético quedó grabado a fuego en la ya conocida frase de su discurso de asunción: “No vengo a dejar mis convicciones en la puerta de la Casa Rosada”. Eso lo convirtió en el presidente que corrió la línea e hizo posible lo que parecía imposible en la Argentina democrática post-1983. De cómo se recoja ese legado y se resuelvan estas encrucijadas queda atada buena parte de las posibilidades de transitar un horizonte de nuevas conquistas sociales para nuestro pueblo, y de seguir avanzando hacia un horizonte democrático más pleno.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-179068-2011-10-17.html

"Políticas de vivienda", Rosario/12, 03-02-11

Por Sebastián Artola.         


Pre candidato a Concejal. Frente para la Victoria.


La política de vivienda hacia los sectores populares que lleva adelante la gestión municipal es uno de los temas que define de mejor manera el actual proyecto de ciudad.
Según los propios cálculos oficiales, serían unas 50 mil familias las que padecen la falta de vivienda.
Frente a esta realidad, y en todos estos años, el ejecutivo municipal anunció hacia fines del pasado año un plan habitacional que dormía desde el 2008 donde se plantea la construcción de 22 viviendas para sectores medios que perciban un ingreso mínimo de 3500 pesos. Los anotados para acceder a las mismas ya son más de mil.
Para los sectores más humildes, según declaraciones de Susana Nader del Servicio Público de la Vivienda, se construyeron “2500 núcleos habitacionales” durante el 2010 de los cuales poca precisión hay respecto a los efectivamente entregados.
Esta desproporción entre la demanda social y el tipo de respuesta que ha dado el municipio es la expresión de un modelo de ciudad sujeto a los intereses de poderosos inversores privados vinculados al mercado inmobiliario, a la construcción y al comercio, que va en detrimento del derecho constitucional que tiene todo ciudadano a una vivienda digna.
Esta razón explica que el crecimiento económico de la ciudad en estos años esté atravesado por un fuerte contraste entre el boom de la construcción y el aumento permanente del déficit habitacional.
Un Estado activo y promotor del interés colectivo y una distribución justa de la tierra, que regule el acceso al suelo y su uso, no sumiso a la especulación de los negocios privados, con una política pública masiva de construcción de viviendas en articulación con las organizaciones del territorio, es el camino a emprender si de dar una respuesta real a los sectores sociales más postergados de nuestra ciudad se trata.

"Estigmatización y seguridad", Rosario/12, 08-02-11.

Por Sebastián Artola.         

La estigmatización hacia los jóvenes que realiza el discurso hegemónico de los medios de comunicación es una constante.
Desde la ecuación más repetida que concibe a los pibes de los barrios más humildes como “chorros” y “drogadictos”, hasta la calificación de “violentos” e “intolerantes” realizada sobre los jóvenes militantes que protagonizaron la multitudinaria despedida a Néstor Kirchner.
Tal es el rol jugado por la agenda que construyen los medios, que la Argentina siendo uno de los países con más baja tasa de homicidios de América, se encuentra segunda en relación a la “percepción de inseguridad” que tiene la ciudadanía, según estadísticas que se conocieron en estos días.
Ahora bien, que el tema tenga como trasfondo una clara intencionalidad política no invalida su relevancia.
La institucionalización y el encierro como respuesta, a contramano de lo que supone cierto sentido común instalado, potencia, en vez de disminuir, la espiral de reincidencia y desafección.
Y la baja de la edad de imputabilidad a 14 años tiene su antecedente más inmediato en 1976, en plena dictadura cívico militar, lo que debería ser, por si sólo, argumento suficiente para descartarla como posibilidad.
Políticas públicas que promuevan la inclusión social, un primer empleo joven, la permanencia en el sistema educativo, la capacitación, la recreación y la producción cultural, son las cosas que habilitan a todo joven a poder construir un proyecto de vida como horizonte, permitiendo reponer el sentido de pertenencia a una comunidad.
La Ley 26.061 de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescente y la Asignación Universal por Hijo son dos iniciativas que marchan en este sentido.
Profundizar la redistribución de la riqueza, democratizar la palabra y una nueva mirada ciudadana integral sobre la seguridad, son condiciones para un reconocimiento de los menores como sujeto pleno de derecho.


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27327-2011-02-08.html

"Sobre la boleta única", febrero de 2011.

Por Sebastián Artola.         


El debate entorno a la boleta única no pasa por la expresión vacía de “lo nuevo frente a lo viejo” que usó el diputado provincial de la Coalición Cívica Pablo Javkin. Lo que está en discusión es si la misma promueve una participación ciudadana más plena, un ejercicio de la voluntad popular más directo y un vínculo representativo más legítimo, o no. Y la realidad parece demostrar que un sistema que fue aprobado de golpe y porrazo en las últimas semanas del pasado año, con fuerte olor a especulación electoral y con una boleta a cargos legislativos de los cuales sólo se van a conocer los dos o tres primeros nombres del total de sus integrantes, poco aporta a una mayor pertenencia de la ciudadanía al proceso electoral y mucho a la confusión, diluyendo la dimensión colectiva de los proyectos políticos que están debate para acentuar la individualización de la política tal como fuera promovida en los años de hegemonía neoliberal.

"Sobre el Puerto de la Música", julio de 2010.

Por Sebastián Artola

Licenciado en Ciencia Política. Docente Facultad de Ciencia Política UNR

La discusión sobre el Puerto de la Música señala aspectos más que sugerentes para pensar el proyecto de ciudad que determina las políticas públicas de las últimas gestiones municipales.
La cuestión no pasa por plantear si las políticas sociales van primero y las culturales después. Ambas son dimensiones sustantivas y hacen a la posibilidad de construir una ciudadanía plena.
El tema a discutir es, si las mismas, son políticas públicas para todos o sólo para unos pocos.
Y la iniciativa del Puerto de la Música forma parte de ese nuevo perfil para la ciudad que delineara el Plan Estratégico Rosario de 1998, centrado en la oferta de servicios, con la intención de hacer del turismo y el comercio el eje económico más dinámico, en detrimento de la matriz productiva, portuaria y ferroviaria que había caracterizado la ciudad.
La prioridad de construir una imagen de “ciudad moderna y cultural” vendible al exterior, como si fuese una marca, significó durante todos estos años enormes gastos públicos en publicidad, y, a la vez, un profundo reordenamiento territorial y urbano que privilegió claramente el perímetro centro-norte de la ciudad en línea hacia la costa, invisibilizando a los sectores populares a través de una fuerte segmentación espacial.
Lo cierto es que la nueva mirada puesta hacia el río, terminó dando la espalda a la gran mayoría de rosarinos que aún esperan políticas que les permitan dejar de ser meros habitantes de la ciudad para constituirse en ciudadanos de la misma.
Entonces, no es casualidad que el Puerto de la Música se emplace en Pellegrini y el Río. Y menos aún en terrenos para uso portuario.
Políticas culturales que repongan la palabra e identidad de los barrios en la definición de una ciudad para todos y la recuperación del puerto como vía de salida de una economía local y regional que debe redefinirse desde una clave que promueva el valor agregado y el trabajo digno, son los verdaderos desafíos de un nuevo modelo de ciudad.

"Modelos de Ciudad", Rosario/12, 10-06-10.

OPINIÓN: Modelos de ciudad. Junio de 2010.

Por Sebastián Artola
Lic. en Ciencia Política. Profesor de la UNR
Boom de la construcción y déficit habitacional parece ser el contraste que define el tipo de crecimiento de la ciudad en los últimos años.
Con cada vez más frecuencia se suceden situaciones conflictivas en asentamientos sociales llamados “irregulares” por la presión que ejercen sobre el municipio la valorización económica de dichos predios y su correspondiente negocio, donde lo que brilla por su ausencia es una política pública de respuesta integral que contenga los intereses y necesidades de todos los actores sociales involucrados.
Esta realidad no es más que la consecuencia del modelo de ciudad, centrado en la prestación de servicios, circunscripto sobre el centro y la costa de la ciudad, en alianza con poderosos inversores privados vinculados al mercado inmobiliario y al comercio, el cual fue delineando una ciudad fragmentada en términos sociales, espaciales y simbólicos.
Más allá de los esfuerzos publicitarios, el mito de la Barcelona argentina se ha desvanecido por su propio peso al evidenciarse un proyecto de ciudad que significó fortunas para unos muy pocos, mientras la gran mayoría de los rosarinos carece de infraestructura social básica, servicios públicos dignos e integración socioeconómica.
La posibilidad de un nuevo proyecto de ciudad para todos los rosarinos debe partir de una nueva matriz productiva y urbanística. Un modelo de ciudad que promueva la industria y la economía social como motores de la integración laboral, desde un trazado urbano que supere la segregación territorial a partir de recuperar el carácter público de los espacios de la ciudad. Para lo cual es imprescindible un estado municipal activo en la defensa del interés colectivo y no sumiso a la especulación de los negociados privados.

"Bicentenario y proyectos políticos", mayo de 2010.

Por Sebastián Artola

Las interpretaciones sobre el pasado no dejan de tener alguna ligazón con las posiciones del presente. Quienes añoran la Argentina del Centenario, o casualidad, se encuentran en la vereda de las variadas expresiones que hoy reniegan del actual curso de la política argentina. Es curioso. Desde el gobernador Binner, pasando por Carrió, también Cobos, hasta la dirigencia rural y Macri, todos realzan aquella argentina gestada al calor de la generación del ochenta.
Lo cierto es que el contraste entre 2010 y 1910 no puede ser más evidente.
El centenario se celebró bajo estado de sitio, represión y en medio de una huelga general, cuando hoy no podemos dejar de estar sorprendidos por las entusiastas multitudes de compatriotas de todo el país que desbordaron la Avenida 9 de julio.
Durante el centenario regía la Ley de Residencia, sancionada en 1902, que legalizaba la expulsión del país de los extranjeros “indeseables”, y dos días después de los festejos patrios, el 27 de mayo de 1910, se sancionaba la Ley de Defensa Social que prohibía, entre otras cosas, todo acto o propaganda de ideologías discordantes a las oficiales.
Hoy los derechos humanos son política de estado y estamos dando un paso trascendental en la profundización de la democracia al redistribuir la palabra y garantizar la pluralidad de voces a través de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.
La Argentina del Centenario subordinaba su economía a los intereses imperiales de Inglaterra, exportando materias primas e importándolo todo. Mientras los propietarios de los latifundios tiraban manteca al techo, entre los asalariados y pobres del interior cundía la explotación, el analbafetismo, el hacinamiento y las enfermedades, como lo denunciaba Bialet Massé en su informe sobre la clase obrera argentina de 1904.
La argentina del presente vuelve a pensarse desde la integración regional y como nación latinoamericana, sobre la base de recrear un nuevo proyecto industrial con pie en el mercado interno, lo que ha permitido la autonomía frente a los organismos financieros internacionales y la notable recuperación del empleo y la disminución de la pobreza, en tiempos donde la crisis internacional no da respiro en el llamado “primer mundo”.
La Asignación Universal por Hijo es la política social más avanzada de las últimas décadas, promoviendo la escolaridad, la sanidad y la inclusión social de los sectores más postergados de nuestra sociedad.
Acaso la imagen del Teatro Colón y la del pueblo en la calle sintetice las posibilidades y disputas que atraviesan la vida política y cultural argentina desde su mismo nacimiento.
De ahí que este bicentenario nos encuentre más frente al espejo de mayo de 1810. Es la épica patriótica, americanista e igualitarista de los que gestaron nuestro primer grito de emancipación lo que hoy debemos reponer para recrear una ciudadanía militante que forje un horizonte democrático más pleno y nos permita profundizar la construcción de una patria de todos los argentinos.

"Memoria y política", Rosario/12, 20-03-10.

Por Sebastián Artola 


A veces escuchamos un discurso que habla sobre la necesidad de dejar de tener la mirada puesta en "el pasado" para dedicarse a los "problemas del presente". Esta idea plantea una aparente disociación entre pasado y presente, o lo que es lo mismo, entre historia y política, donde cada uno de los términos no necesariamente se corresponde con el otro.
Lo que nos interesa señalar respecto a tal afirmación es que la misma no deja de contener una posición menos política que aquella que plantea la mutua implicación entre estos planos. Es decir, y haciendo uso de la definición de Arturo Jauretche referida a la historia, lo que hay son políticas de la memoria.
Una, la que venimos analizando, es la que busca construir una lectura sobre el presente, la democracia o la política sin el sustrato de la memoria histórica. Lugar que ha dominado las políticas oficiales desde las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final, pasando por los indultos, hasta el año 2003 y que podemos renombrar como política del olvido y de la impunidad.
La otra, en la que creemos, es la que considera que la verdad y la justicia sobre los acontecimientos de la última dictadura militar constituyen una reparación histórica que tiene directa relación con el presente y nuestras posibilidades futuras.
Si algo ha permitido develar la política de derechos humanos del actual gobierno nacional es la trama de intereses sobre la que se sostuvo la última dictadura militar, donde no sólo aparecen actores uniformados sino también poderosas corporaciones económicas y mediáticas que fueron tan beneficiadas por el gobierno de facto como protagónicas de las políticas que se implementaron en los años de democracia.
¿O acaso esto no está en juego en la decidida militancia política que lleva adelante la cúpula de la Iglesia Católica de la mano de Bergoglio, la Sociedad Rural y compañía, el Grupo Clarín y sectores políticos de la oposición?
Basta con retener las últimas declaraciones de Duhalde. La idea de unas Fuerzas Armadas "humilladas" (expresión que ya había sido dicha por Elisa Carrió) que deben usarse para el combate contra la delincuencia y la propuesta de una "amnistía" que varios sectores políticos comparten pero sólo Duhalde y el PRO se animan a decirlo, dan cuenta del lugar decisivo que ocupan los derechos humanos y la memoria histórica en la definición de los proyectos políticos de país que se debaten en el presente.
De cómo seamos capaces de afirmar socialmente estas relaciones podremos avanzar sobre las deudas pendientes de una democracia que aún espera resignificarse sobre la base de la justicia social o volver a transitar bajo nuevos rostros, y algunos repetidos, los caminos tristemente conocidos.

"Transporte: una historia repetida", Rosario/12, 27-02-10.

Por Sebastián Artola

Un nuevo aumento del boleto asoma en el horizonte del transporte urbano de Rosario. La ecuación la conocemos bien: ante cada déficit de rentabilidad la variable de ajuste siempre es la misma.
Lo cierto es que cada aumento en el boleto nada resuelve. Los usuarios pagan el costo, el deterioro del servicio se profundiza, las frecuencias no mejoran, muchos barrios siguen sin líneas de colectivo, hasta que en algún momento los números de nuevo "no cierran", viene otro aumento y así la historia repetida de los últimos años.
Esta encerrona en que se encuentra la administració n municipal no expresa otra cosa que el fracaso de su política y la crisis estructural que atraviesa al sistema de transporte urbano.
El argumento de la desigual distribución de los subsidios nacionales, tantas veces repetido, ya suena a excusa para evitar asumir responsabilidades propias.
Porque lo que está agotado es la lógica empresarial y privada que imprime la política municipal para un servicio que es público.
Incluso, parte de la estatización cambió la naturaleza del prestatario pero no el concepto desde el cual se sigue definiendo su administració n. La presencia del Estado no puede ser para actuar como "parche", tomando las líneas y recorridos que cargan con el mayor déficit, dejando en manos de la iniciativa privada las que tienen más demanda y son más rentables.
Debemos avanzar en la definición de un nuevo sistema de transporte urbano que reconozca de manera plena su condición de servicio público. Y esto significa asumir su carácter social. Lo que nos empuja a redefinir la noción de "déficit", dejándola de plantear como sinónimo de ajuste sobre el usuario directo, para pensarla como parte de un bien público que debe ser costeado socialmente.
Y acá es donde todos los ciudadanos tenemos algo que ver. En este sentido, un buen paso sería la creación de un Foro Ciudadano por el Transporte Público, donde participe desde el ejecutivo, legisladores, partidos políticos, organizaciones sociales, asociaciones empresariales, hasta colegios de profesionales, organismos de defensa al consumidor, universidad pública y ciudadanos en general.
Porque si somos capaces de construir un servicio de transporte que beneficie a toda la comunidad, estaremos haciendo del mismo no sólo una herramienta de integración social, económica y cultural, sino también afirmando un principio básico solidario de toda sociedad que aspira a superar las brechas sociales que dejaron como saldo las políticas neoliberales.

Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/22-22509-2010-02-27.html

"Juventud y política. De la generación de los ’70 a la nueva militancia juvenil kirchnerista", agosto de 2010.

Por Sebastián Artola.
Movimiento Martín Fierro. 

1)
            Un nuevo fenómeno atraviesa la vida política nacional: la emergencia de una militancia juvenil nacional, popular y kirchnerista.
            En un ciclo corto que podemos trazar entre el conflicto con la Mesa de Enlace y las patronales rurales hasta la puja por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, hemos visto proliferar de manera creciente una participación cada vez más masiva de jóvenes en movilizaciones y convocatorias en apoyo a las iniciativas políticas del gobierno nacional.
            De origen social diverso, con importante presencia de sectores medios pero también con no menor protagonismo de sectores populares; nucleados a través de disímiles experiencias organizativas, en muchos casos nacidas desde la propia iniciativa de un puñado de militantes; con el predominio de una fuerte apuesta a la “construcción desde abajo”; una agenda de inquietudes que van desde los derechos humanos, la economía social, la cultura popular, hasta las nuevas formas de comunicación y la renovación política; y una identidad donde confluyen de manera diversa peronismo, izquierda, setentismo y latinoamericanismo; este nuevo activismo juvenil se ha constituido en uno de los sectores más dinámicos y novedosos del kirchnerismo.
            Dinámico: en el sentido del carácter activo de la militancia, la rápida capacidad de movilización, la consistencia organizativa y el sesgo creativo de la intervención en el debate público, eso que ya varios analistas denominan como “minoría intensa”; novedoso: en relación a que el kirchnerismo es el único espacio de la política nacional que cuenta con este tipo de militancia.
            Por supuesto que el mismo se inscribe dentro de un proceso más general que tiene que ver con la recomposición de la base de apoyo social al gobierno, el cual se empezó a hacer visible durante los primeros meses de este año, conformado principalmente por los sectores más humildes de nuestra sociedad, donde fue decisiva una medida como la Asignación Universal por Hijo y el rol persistente de los movimientos sociales afines al gobierno; los asalariados formales, donde es clave la política oficial de alianza con las centrales obreras y promoción del empleo y recuperación del poder adquisitivo del salario a través de las paritarias y el Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil; y una franja en expansión de sectores medios progresistas, que dio encarnadura social al debate contra el discurso mediático hegemónico y hoy se moviliza por el matrimonio igualitario frente a la corporación eclesiástica.
            Sin embargo, es posible establecer algunos rasgos particulares que presenta este nuevo activismo juvenil, a partir de un breve repaso por nuestra historia reciente, que permita pasar en limpio algunas marcas que tallan sobre este renovado vínculo entre juventud y participación política.


2)
            En perspectiva de mediano plazo, los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre del 2001 y la política de derechos humanos del gobierno nacional, significarán dos momentos más que importantes para la relación entre juventud y política.
            Los primeros, contienen un traspié decisivo al “no te metás” de los ‘80 y a la antipolítica de los ’90. Estos días y los posteriores van a encontrar a muchos jóvenes en las calles puteando no sólo contra un gobierno que una vez más había defraudado las expectativas de cambio y respondía con represión a las demandas populares, sino también desafiando a un sistema político que excluía la participación social.
            Sin dudas, este acontecimiento dejará huellas que marcan hasta incluso hoy cierta dinámica de la política argentina, y sin el cual es difícil pensar la etapa de cambios que se abrió a partir del 2003.
            Para los jóvenes implicará un retorno al espacio público. De la mano del enfrentamiento con la policía y la desobediencia al estado de sitio, poníamos en cuestión el recurso del miedo para inmovilizar, que tan bien había funcionado desde la dictadura, haciendo propio el reclamo – no sin los grises y ambigüedades con que se planteaba éste - de una participación más directa y protagónica en las decisiones colectivas, y una exigencia de renovación política con un fuerte rechazo a la “clase política” neoliberal.
            Y esto, creo, es una nota fuerte que dejó como saldo la puesta en crisis de la representación política neoliberal en nuestro país.
            La construcción de experiencias organizadas más sustantivas en términos democráticos, con estructuras flexibles y abiertas, capaces de contener la pluralidad y promover una vida interna que otorgue a la toma de decisiones un fuerte carácter colectivo, es un rasgo muy propio de las características que asumió la participación popular post diciembre del 2001.
            Esto, por supuesto, no niega en sí mismo la representación o la constitución de liderazgos, como muchos mal interpretaron. Lo que sí puso en debate fueron los términos y los procesos a través de los cuales se fueron constituyendo los mismos – desprendidos del sustrato popular, en proporción a la captura de la política por la corporaciones económicas y mediáticas -, exigiendo su reformulación desde el diálogo directo con las demandas sociales y en procesos permanentes de abajo hacia arriba y viceversa.
            La reconstrucción de la autoridad política a manos de Kirchner a partir del 2003 es ejemplo de ello. La definición de un nuevo vínculo entre política y demandas populares; la interpelación desde el discurso oficial al sujeto popular; la convocatoria a la movilización y a la acción directa para respaldar medidas de gobierno; la toma de decisiones públicas con el oído puesto en el reclamo social; y la apertura del Estado a los movimientos sociales y a los organismos de derechos humanos; son muestras de los términos en que se relegitima el liderazgo político y la representación después del 2001.
            Ahora bien, en la juventud esta sensibilidad es más intensa. La distancia con que se fue fijando el vínculo con la política en los años de democracia, explican buena parte de esta primera desconfianza. Hubo que esperar un conflicto como el de la Mesa de Enlace, donde fue visible como nunca antes qué poderes y sectores sociales renegaban de este gobierno, para que se empiece a ver una creciente presencia juvenil en las manifestaciones de apoyo a este proceso político.
            Y, por supuesto, la Ley de Medios. La batalla por la democratización de la información congregó a cientos de miles de jóvenes en la vigilia nocturna en que se aprobó la ley en el Senado, en un claro acto de toma de la palabra, tras años de estar sustraída por el discurso único y en donde el joven como tal, durante el ciclo de captura de la política por los medios hegemónicos, apareció estigmatizado según las épocas y las modas.
            El año que lleva de una situación a la otra es el de la mayor proliferación y crecimiento de adhesiones juveniles, a través de numerosas agrupaciones de todo tipo o de experiencias novedosas como la de los “blogueros” o los “autoconvocados 6-7-8”.

            En segundo lugar, la política de derechos humanos llevada adelante desde el 2003 permitió empezar a suturar esa fractura generacional que produjo la última dictadura cívico militar y el terrorismo de estado, y continuaron los sucesivos gobiernos democráticos.
            Quienes nacimos en los años de la dictadura crecimos “huérfanos” de un relato político sobre los años ’60 y ’70. La política de derechos humanos del alfonsinismo mientras duró, lo fue a condición de clausurar el debate y la reflexión sobre lo sucedido en la década del setenta. La historia que se construía demonizaba lo hecho en el pasado, para arrancar con las estelas del horror de los últimos años de la dictadura y meterse enseguida en la agenda de temas que definían el camino sobre el que iba a surcar el retorno democrático al país.
            Lo cierto es que sobre este manto de silencio, nuestra generación transitó casi instintivamente un trabajoso camino de reconstrucción de un punto de partida, constitutivo para cualquier identidad, que - por supuesto - nunca es un inicio en el vacío, sino que se inscribe en una historia colectiva; con la guía de la labor incansable, que en soledad y bajo la hegemonía social de la teoría de los dos demonios, llevaron adelante sobrevivientes y organismos de derechos humanos.
            La nueva política de estado iniciada en el 2003 propició el encuentro entre memoria histórica, política y derechos humanos. A partir de un presidente que hacía visible su pertenencia a la generación de los setenta y se consideraba “hijo de las Madres de Plaza de Mayo”; la derogación de las leyes de Obediencia Debida, Punto Final y los Indultos; el retiro del cuadro de Videla en la ESMA; la recuperación de nuevos nietos y el avance de los juicios a los represores; nuestra generación, por primera vez, sintió de manera sustantiva que algo tenía que ver con la de los ’70 y cada vez más jóvenes se empezaron a reconocer como hijos de las Madres y su lucha.
            Así, fue posible empezar a reponer la palabra política desde su dimensión colectiva, solidaria y transformadora, a través del reestablecimiento del puente histórico con la generación política de la que somos hijos.
            Por supuesto, que esta apropiación de los setenta carga con un fuerte desafío. Esto está en debate y en cómo lo resolvamos se encuentra una de las claves para las posibilidades de resituar en términos generacionales el vínculo entre juventud y política.       Una relación lineal y acrítica con los setenta, clausura más de lo que habilita a recrear una identidad política juvenil que si quiere ser masiva debe dar cuenta de los cortes históricos, de los cambios profundos y de las siempre renovadas demandas, intereses, prácticas y representaciones que cada generación porta.
            Es necesario un vínculo dinámico, abierto y creativo que resignifique el legado de los 70, en función de la carga de historicidad que toda construcción política popular y transformadora - para ser tal - debe contener, pero que también permita proyectarlo hacia el contexto político actual, haciéndolo profundamente contemporáneo, a través de dar cuenta de las particularidades que caracterizan las prácticas políticas, sociales y culturales del presente.
           
             
3)
            Como parte del proceso de repolitización de la sociedad argentina que produjo el kirchnerismo, un sector creciente de jóvenes comenzó a establecer un renovado compromiso con la práctica política.
            Este nuevo activismo juvenil - en proporción significativa, organizado en las bisagras de las estructuras políticas oficiales del kirchnerismo - no deja de señalar un debate que hace a los claroscuros de las lógicas sobre las que se afirma la fuerza política propia del gobierno: la tensión entre lo que podemos llamar como la “lógica de gestión” y la “lógica militante”. Entendiendo por la primera la práctica circunscripta a la administración de las cosas, de manera acrítica, despolitizada, y, en consecuencia, inhibida del potencial transformador que todo lugar institucional tiene en el marco de un proyecto político popular; y por la segunda, la noción de que la política es una práctica colectiva que interviene de manera transformadora sobre la realidad.
            Por supuesto, que la presencia de la primera es propia de las contradicciones de todo proceso de cambio y una marca profunda de la herencia neoliberal de los ’90.
            En cómo redefinamos esta ecuación también están cifradas las perspectivas mediatas y de largo alcance de reformular el sistema político y fortalecer los partidos, en clave de sustancializarlos, democratizarlos e ideologizarlos, sobre el fondo de un renovado compromiso ciudadano con la política y lo público; lo que siempre redunda en la posibilidad de un horizonte más pleno para la democracia y, en paralelo, en el debilitamiento de la capacidad de las corporaciones y los poderes económicos de someter a los partidos políticos a sus intereses, aún a costa de las propias historias de aquellos.
            Ahora bien, el desafío para quienes afirmamos la militancia como concepto central de la política es construir una idea de ésta que no niegue la gestión, sino que la incorpore, imprimiéndole la politicidad, la dimensión colectiva, la subjetivación y la inscripción social propia de la lógica militante.
            Tal vez ahí sea cuando la política despliega de manera más plena su capacidad de transformación. Esto, claro, nos empuja a definir una nueva idea militante. Una noción de militancia integral que comprenda dualidades muchas veces planteadas en términos dicotómicos: gestión-transformación; deliberación-decisión; pluralidad-homogeneidad; crítica-convicción; pasión-responsabilidad; individualidad-totalidad; horizontalidad-verticalidad; participación-representación.
            Lo que implica resignificar la noción de militancia desde una perspectiva profundamente democrática y popular: es decir, en tanto práctica encarnada en el proceso popular, y no como exterioridad al mismo; promotora del protagonismo colectivo en la construcción de toma de decisiones; y donde la juventud se inscriba como parte del mismo – y no como un todo, que conduzca a conocidos desacoples entre la práctica política y lo popular - desde una  concepción movimientista de la articulación del sujeto popular y los modos en que despliega su participación política.
            La oportunidad es histórica. Por primera vez, desde el retorno a la democracia los  jóvenes estamos ante la posibilidad de trazar una nueva relación entre participación y política que nos permita forjar la primera generación militante del siglo XXI; decisivo para las posibilidades presentes y futuras de consolidar y profundizar un proyecto político de nación, democrático y con justicia social.


Rosario, agosto de 2010.